Los millones de inmigrantes latinoamericanos que trabajan en
EEUU ofrecen sus brazos y contribuyen a la boyante economía de este país, la
más próspera del mundo. Llevan una vida de mucho sufrimiento debido a la
separación de sus familias, al desprecio de que son objeto y a la dureza de los
trabajos que desempeñan: siguiendo el ciclo de las cosechas en los campos,
procesando cerdos, pollos y vacas en los rastros, construyendo casas y carreteras
o limpiando hoteles y oficinas... muchas veces acosados por la implacable
“migra”, la policía de inmigración. Pero aún así, lo que ganan alcanza para
vivir mucho mejor que en sus países de origen, y los dólares que envían a su
tierra son la primera o segunda entrada de divisas en naciones como México,
Guatemala, El Salvador o la República Dominicana, cuyas empobrecidas economías
se vendrían abajo sin el dinero que mandan los “norteños”.
En general, el inmigrante típico es solidario con su familia
y con su pueblo natal, pero rara vez llega a desarrollar una conciencia lo
suficientemente crítica como para apoyar cambios estructurales en su país de
origen (un ejemplo es la poca lucha de los mexicanos “de este lado”, cuando el
congreso de su país les negó la posibilidad de votar en las elecciones del
2000). El latino inmigrante casi siempre vivirá sin hablar inglés y con una
conciencia ingenua: agradeciendo a EEUU por haberlo sacado de la miseria y
suspirando por regresar a México; el excesivo trabajo afectará negativamente
sus relaciones familiares y sociales, ahogará su nostalgia en la cerveza y
matará su ocio con pocas horas frente a la mediocre TV en español.
Para los latinos que nacimos en este país el problema más
grave es una crisis de identidad. Somos ciudadanos norteamericanos, pero los
blancos y negros nos llaman “Mexicans” debido a nuestras facciones mestizas, y
los mexicanos nos dicen “pochos” porque según ellos ya no podemos hablar bien
el español. Por esa razón nuestra autoestima es puesta a prueba todos los días.
A mí me tocó la suerte de participar en los movimientos de los derechos
civiles, que sacudieron a EEUU en los 60s, y fui parte del activismo chicano
que organizó las marchas campesinas con César Chávez en California, que
recuperó la tierra de nuestros ancestros con Reyes Tijerina en Nuevo México y
que escribió poemas en “Spanglish” con Corky González en Colorado. A tiempo
aprendimos que somos un pueblo doblemente rico culturalmente y que podemos ser
“puente” entre América Latina y N.A., porque a fin de cuentas pertenecemos a
ambas.
Gracias a la lucha de nuestros líderes de los 60 y 70, un
número creciente de universidades en EEUU establecieron el área de “Estudios
Chicanos”, donde nuestros hijos se reencuentran con sus raíces y aprenden a
solidarizarse con su pueblo. La Iglesia Católica hizo lo propio, fundando
centros pastorales para evangelizar a nuestra gente desde sus peculiares raíces
culturales del “doble mestizaje”, que tiene un aspecto biológico (la mezcla de
sangres indígena y española) y cultural (el hecho peculiar de ser
latinoamericanos en N.A.).
Cuando la conciencia comenzó a ser recuperada, establecimos
contacto con nuestras raíces, América Latina, y muchos de nosotros llegamos a
sentir como propia la lucha de los pueblos centroamericanos, de los indígenas
de México y de los millones de indocumenta-dos que han continuado llegando
desde la frontera sur...
Pero en honor a la verdad, mucho falta por hacer de parte de
los latinos en EEUU en cuanto a solidaridad con los pueblos del Tercer Mundo. A
veces me siento un poco avergonzado cuando veo los vigorosos movimientos
solidarios de las minorías comprometidas estadounidenses, y es que en la lucha
por cerrar la infame Escuela de las Américas, en las protestas para desmantelar
el FMI y el Banco Mundial, en los esfuerzos por terminar con los arsenales
nucleares y la venta de armas, los blancos llevan la iniciativa y la carga
solidaria, mientras que tanto negros como latinos estamos muy poco presentes,
aquéllos sin poder superar todavía todos los traumas de 400 años de esclavitud,
y nosotros tal vez por seguir autocontemplándonos, empeñados aún en acabar de
unir las piezas de nuestra todavía fragmentada identidad.